La artista debuta con E-Motion, un EP que convierte la introspección en motor creativo y la voz en herramienta de transformación. Entre soul, jazz, funk y pop, el proyecto traza un recorrido emocional que nace de lo personal para conectar con lo colectivo, reivindicando la música como canal de expresión, sanación y verdad.
E-Motion es tu primer EP y gira en torno a la idea de transformación. ¿Cómo nace este proyecto y qué momento personal o artístico lo inspira?
El proyecto nace de la experiencia de comprender que la transformación comienza cuando nos detenemos a escuchar nuestro interior, aquello que realmente sentimos. Una e-moción, al fin y al cabo, es un mensaje en movimiento. Surge desde el silencio como una voz que pide ser escuchada, expresada y, de algún modo, trascendida.
Creo profundamente que la verdad habita en el cuerpo, y que la vida misma es movimiento constante. Cuando nos permitimos atender ese movimiento interno, algo empieza a revelarse.
Este proyecto se gesta precisamente en ese momento: cuando aparece la necesidad de dar forma y valor a esa experiencia, de sacarla del ámbito íntimo, lo que ha sido la música desde niña para mí, un espacio íntimo donde canalizar esa creatividad y ahora surge el impulso que querer compartirla. Nace de convertir algo que nace en lo personal, en un espacio de expresión que también pueda resonar en los demás. De darse luz.
El disco mezcla soul, funk, jazz, blues y pop. ¿Qué influencias han marcado más tu sonido y cómo conviven todos esos estilos en tu música?
Desde niña he escuchado de todo. Siempre me han gustado estilos muy distintos, algo que viene mucho de mi familia y que agradezco. En el coche de mis padres sonaban Louis Armstrong, Machine, Juan Luis Guerra, Ana Belén, Silvio Rodríguez, Stevie Wonder, Led Zeppelin, Tracy Chapman, Eric Clapton, The Police, Lole y Manuel… un poco de todo.
Creo que lo que escuchas de pequeña te marca muchísimo, porque es justo cuando te estás formando a todos los niveles. Muchas veces pienso que aprender música tiene mucho de eso que decía Joni Mitchell: aprender por ósmosis. Sin darte cuenta, vas absorbiendo sonidos, maneras de cantar, de sentir las canciones, y todo eso se queda dentro de ti. Luego, cuando te pones a crear, inevitablemente tiras de todo ese imaginario que llevas años escuchando.
Con el tiempo también he ido buscando cada vez más referentes femeninos. Ahora me inspiran especialmente muchas artistas de soul, jazz y blues clásico. En mi camino musical han sido muy importantes voces como Sade Adu, Nancy Wilson, Gladys Knight, Roberta Flack, Carole King, Aretha Franklin o Merry Clayton. También me siento muy conectada con la intensidad emocional de Janis Joplin y con la melancolía tan particular de Beth Gibbons.
Supongo que todo eso acaba definiendo bastante mi sonido: una mezcla entre la música de los 70 y de los 90, un soul pop con tintes de jazz y blues. En el fondo, el disco es también un reflejo de todo eso: una mezcla de las músicas que he ido absorbiendo con el tiempo.
Habéis grabado el EP prácticamente en directo de estudio. ¿Qué buscabas capturar con ese enfoque más orgánico?
La vida, jaja. La música está viva, está conectada con tu profundo con tu esencia en cada momento y es comunitaria cuando la compartes así, es lo que básicamente quería plasmar, esa sensación de estar creando y emocionándonos, in situ, juntos nutriéndonos los unos de los otros, al viejo estilo y no súper producido y con un sonido hiper nítido y depurado.
Tu voz tiene un registro muy amplio y una presencia muy marcada. ¿Cómo ha sido tu evolución como cantante hasta llegar a este trabajo?
Mi bisabuela fue uno de mis primeros referentes. Era cantante de zarzuela y tuve la suerte de llegar a conocerla y de acompañarla a algunos ensayos. En mi familia, además, siempre se ha cantado mucho: en cualquier celebración aparecían las canciones, el baile, ese momento en el que la música se volvía algo natural y compartido.
Con el tiempo, esa relación con la música se fue volviendo más íntima. De adolescente pasaba muchas horas en mi habitación, tocando y cantando canciones solo para mí. Tardé algunos años en subirme a un escenario. Lo hice junto a un amigo con el que formé un dúo de canciones propias que, curiosamente, tuvo bastante éxito a nivel local. Nunca tuvimos que mandar ningún dossier ni buscar demasiado los conciertos… simplemente fueron llegando, casi de forma natural, eran otros tiempos.
Lo curioso es que, aunque en ese momento hacíamos pop rock a guitarra y voz, sentí la necesidad de profundizar en la raíz de la música y empecé a estudiar Jazz Vocal. Sentía que tenía mucho que aprender de las grandes voces y de una tradición musical más profunda.
Mi trayectoria sobre los escenarios empezó ahí, en la música, pero con los años se fue abriendo a pinceladas en otros formatos: coros gospel, teatro social musical, alguna performance, proyectos de bandas y eventos de distintos tipos. Un recorrido bastante diverso que poco a poco me fue llevando hacia proyectos más personales. La evolución de mi voz ha ido de la mano del aprendizaje del propio recorrido caminado.
Entre esos proyectos ya más personales están Miss Blue, un proyecto con el que buscaba visibilizar a mujeres en la música interpretando un repertorio compuesto exclusivamente por ellas, o Eder Portolés & Triology, que nació un poco como “hijo” de Miss Blue, pero con un enfoque más cercano al neojazz.
Ahora con “E-motion” sigo explorando mi voz que, como la vida, está en constante cambio y transformación. Siempre la he sentido como un canal de expresión muy directo, algo con lo que conecto emocionalmente con facilidad. No me preocupa demasiado lo estético, me interesa más dejarme atravesar por la música, sentirla y vivirla.
E-motion nace precisamente desde ahí. Es el lugar donde doy espacio a mi propia voz, mi propio relato musical: mis propias canciones.
En el disco encontramos canciones con una carga emocional muy fuerte, como “Lovely Girl”, que aborda el bullying. ¿Qué papel tiene para ti la música como herramienta para hablar de temas personales o sociales?
Toda. Tanto la música como la danza. Para mí la verdad está en el cuerpo, la sabiduría reside ahí, saber escuchar y tener una vía de expresión de nuestro adentro hacia fuera es esencial como seres creativos que somos.
Cuando compongo por ejemplo, el tema de la canción normalmente sale solo, no suelo ponerme a componer pensando sobre qué quiero escribir … es la canción y el mensaje los que buscan salir.
La música es terapéutica sin duda, conecta y libera emociones a nivel individual y compartido.
Así fue como esta historia, que en su momento no pudo ser contada, encontró la manera de expresarse a través de una canción: “Lovely Girl”. En ella hablo con la niña de once años que fui, animándola a seguir sus sueños y a creer en sí misma.
Acabas de publicar el videoclip de “Badakit”, una canción en euskera y en formato acústico junto al pianista Donny López. ¿Qué hace especial este tema dentro del EP
Pasaron varias cosas curiosas con esta canción. Para empezar, cuando fuimos a grabar E-motion en Mecca Recording Studios (Oiartzun, Gipuzkoa), en realidad no estaba previsto incluirla en la grabación y el EP era bilingüe, inglés y castellano. Sin embargo, presentamos E-motion y para el directo la terminamos de montar así que antes de fabricar el disco ya la habíamos presentado en directo con la formación en sexteto, y en ese contexto la canción empezó a tomar vida propia. De alguna manera apareció la necesidad de llevarla también al disco.
En directo, con toda la banda, tenía muchísimo groove y caminaba con mucha fuerza. Pero cuando llegó el momento de grabarla sentí que podía diferenciarse un poco del resto de canciones, sin dejar de ser fiel al sonido general del álbum. Fue entonces cuando surgió la oportunidad de grabarla con Dani López, “Donny”, y eso le dio un matiz profundo y muy especial. Fue en agosto de 2025 en plena ola de calor Madrileña, en Camaleón Music Studio.
La canción habla de ir saliendo de relaciones que, en lugar de nutrir, desgastan y duelen. De esos vínculos tóxicos en los que a veces se confunde el amor con lo que no es y, casi sin darte cuenta, empiezas a alejarte de ti misma y de tu propio valor.
Pero también habla de un regreso. De recordar que dentro de cada una habita una sabiduría profunda, que aparece cuando nos detenemos a escuchar el corazón. Cuando confiamos en esa voz interior y nos dejamos llevar por el movimiento de la vida y ahí es justo cuando todo se ordena y la vida vuelve a abrirse.
La canción, como ya he dicho, es en euskera y la grabé en Madrid con un pianista madrileño, es sin duda otra curiosidad. Fue contarle a Dani lo que la canción significaba y conectar al instante con la sensibilidad que “Badakit”(Lo que ya sé) necesitaba.
Tras el estreno con entradas agotadas en Bilborock, ahora llegas a Madrid para presentar el disco en directo. ¿Qué sensaciones tienes antes de este concierto?
Tenemos muchas ganas de tocar. Cuando estamos en el escenario se genera entre nosotros una sinergia muy especial, una energía que nos alimenta y que nos da impulso para seguir creando y compartiendo.
Por eso nos hace mucha ilusión llevar nuestra música en vivo a Madrid y poder compartir allí todo lo que es E-motion: nuestras canciones, nuestra energía y esa emoción que nace cuando la música sucede de verdad y vibra en riguroso directo.
El 9 de abril actuarás en el Tempo Audiophile Club. ¿Qué tipo de experiencia quieres que viva el público esa noche?
Me gustaría que el público conecte, se emocione y disfrute con e-motion.
Además de tu carrera como artista, trabajas como vocal coach y acompañas procesos desde una perspectiva terapéutica de la voz. ¿Cómo influye esa visión en tu forma de componer e interpretar?
Creo que mi trayectoria me ha llevado a desarrollar una manera particular de observar, sentir y profundizar en distintos aspectos de la vida. Esa forma de estar en el mundo me ha dado cierta facilidad para la expresión, ya sea artística o terapéutica, tanto en mí mismo como acompañando a otras personas.
En el fondo, siento que se trata de las mismas herramientas: aprender a escuchar profundamente la propia esencia creativa. Es algo que he ido descubriendo a través de dinámicas de danza, teatro y otras prácticas más terapéuticas. Muchas veces la base es la misma; lo que cambia es la mirada desde la que se aborda.
No creo que un artista pueda separar su vida de su obra. Existe un contacto constante con el mundo interior: con las emociones, las vivencias y todo aquello que nos atraviesa. De ese contacto nace el impulso de canalizarlo hacia afuera, y en ese gesto ocurre algo que es, al mismo tiempo, un proceso creativo y también profundamente terapéutico.
También estás muy implicada en proyectos que visibilizan voces femeninas en la música. ¿Cómo ves actualmente el papel de las mujeres dentro de la escena soul y jazz en España?
Veo grandes artistas mujeres, voces increíbles y proyectos con muchísima calidad. Sin embargo, muchas veces no las veo programadas en los grandes festivales, y eso me da bastante pena. No es que no existan o que no estén ahí fuera creando; muchas veces simplemente no se las ve. De hecho, en muchos casos yo las he descubierto porque he ido a buscarlas.
Siento que los tiempos están cambiando, que cada vez hay más conciencia y más presencia de mujeres en la música, pero a veces los festivales no avanzan con esa misma apertura. Muchas programaciones siguen siendo bastante conservadoras y no reflejan toda la diversidad y el talento que realmente existe en la escena.
Creo que la esencia de un festival debería ser precisamente esa: abrir espacio, arriesgar un poco, impulsar proyectos nuevos y también dar visibilidad tanto a bandas emergentes como a solistas o grupos ya consolidados. Un festival tiene la oportunidad de mostrar lo que está pasando ahora en la música, de descubrir nuevas voces al público. Cuando esa diversidad no está presente, siento que el panorama musical pierde parte de su riqueza.